Hace unos días, estuve en Granada con unos amigos.
Era un viaje que teníamos programado desde hacia tiempo, y el itinerario estaba escrito en la agenda, una cosa tras otra.
El caso es que, la última mañana, habiamos planeado ir a visitar la catedral y la tumba de los reyes católicos. Y justo antes de poner rumbo a la capital, uno de los componentes del grupo le pregunto a una chica encantadora, en cuya casa nos hospedabamos, que si quedaba muy lejos la fosa en la que se supone están los restos de Federico Garcia Lorca. Ella dijo que nos pillaba de camino, y que si queríamos, nos podíamos desviar para verla. No serian mas de 10 minutos, o un cuarto de hora, con lo que nuestros planes, no se verían muy alterados.
Así lo hicimos.
Al momento estábamos parando el coche a la orilla de la carretera para comenzar a caminar por una senda que nos guiaba a través de los pinos.
Y a medida que iba caminando, una sensación de angustia me invadía.
Una carga pesadisima se iba instalando en mi alma con cada paso que daba.
Cada paso...
...cada paso...
...era mas difícil, mas amargo, mas denso, mas triste que el anterior.
Cada paso que me acercaba al lugar pesaba mas, y se hacia mas lento en mi cabeza.
Cada paso me transportaba a otros pasos, que dieron otras personas, hace ya años de esto.
En cada paso que daba, solamente había una pregunta. Una pregunta que se repetia en cada uno de esos pasos que tambien se dieron hace años, dirigiendose hacia el sitio al que me dirigia yo en ese momento.
Maldita pregunta.
Insistente.
Macabra.
Absurda.
Terrorifica.
¿Cuantos pasos de vida me quedan...?Esa pregunta se instaló en mi tristeza...
... y la respuesta, la encontré unos segundos mas tarde.

Entre los árboles, en un hueco del bosque, en el silencio que gritaba tan fuerte que no te dejaba hablar.
Que me decía a voces lo miserable que puede llegar a ser el ser humano.
La mezquindad absoluta de tener en tus manos la vida de otra persona, y poder arrebatársela en el paso que decidas.
Condenados a muerte por el simple hecho de utilizar tinta en una pluma, en lugar de balas en una escopeta.
Allí estaba...en silencio.
Solo silencio, y palabras escritas.

Así estuvimos también nosotros, sin hablar, sin abrir la boca, solamente respirando el aire pesado que cargábamos a nuestras espaldas, y que convertía los segundos en graves campanadas que sacudían nuestros corazones.
Lentamente, deshicimos el camino, y volvimos al coche.
Cuando miramos el reloj, había pasado ya una hora y media, y las únicas que hablaron, fueron nuestras lágrimas.
La catedral de Granada, tendrá que esperarnos para otra ocasión.